El mensajero de historias olvidadas

Serie de cuentos Patricia, por Aimée Padilla

En un rincón tranquilo de su estudio, Patricia luchaba contra el bloqueo de escritor. Las palabras se escondían, las ideas se evaporaban y el plazo para entregar su próximo cuento se acercaba peligrosamente.

Desesperada, se levantó de su silla y comenzó a dar vueltas alrededor de su escritorio, como si la inspiración pudiera encontrarse en algún rincón olvidado.

Fue entonces cuando lo escuchó: un suave aleteo que parecía provenir de la ventana de su jardín. Intrigada, se acercó y apartó las cortinas. Allí, posado en el alféizar, estaba un colibrí de brillantes plumas verdes. Pero eso no era lo más sorprendente. Sobre el colibrí, como si fuera parte de su espalda, había un diminuto hombrecito vestido con un traje verde esmeralda.

Patricia parpadeó, pensando que su mente le jugaba una mala pasada. Pero el hombrecito seguía allí, mirándola con ojos centelleantes. ¿Un duende? ¿Una criatura mágica? No podía estar segura, pero su corazón latía con una mezcla de asombro y miedo.

El hombrecito inclinó la cabeza y le sonrió. “¿Bloqueada, escritora?” su voz era como el susurro del viento entre las hojas. “He venido a ofrecerte una historia, una que ha estado olvidada durante siglos”.

Patricia no sabía si debía reír o huir. Pero algo en la mirada del hombrecito la atrajo hacia él. “¿Una historia olvidada?” preguntó con cautela.

Asintió. “Sí, una historia que solo tú puedes contar. Una que habla de secretos ancestrales, de amores perdidos y de mundos que existen más allá de lo que tus ojos ven”.

Patricia se sentó junto a la ventana, con el colibrí y el hombrecito como testigos. “¿Por qué yo?”

El hombrecito se encogió de hombros. “Porque eres una tejedora de palabras, Patricia. Tu mente es un telar donde los hilos de la imaginación se entrelazan. Solo necesitas desenredar este hilo antiguo y darle forma”.

Y así comenzó la historia. Patricia escribió sobre el colibrí mensajero, sobre los secretos que llevaba en sus alas y sobre el amor que trascendía el tiempo. El hombrecito la guió a través de los recuerdos olvidados y las palabras fluyeron como un río desbordante.

Cuando terminó, el hombrecito se despidió con una reverencia. “Gracias, escritora. Ahora esta historia vive de nuevo”. Y desapareció, llevándose consigo el colibrí.

Patricia miró su cuento, sintiendo que algo mágico había ocurrido. Y así, “El Mensajero de las Historias Olvidadas” nació, una historia que trascendería los límites del tiempo y el espacio.

Desde entonces, cada vez que Patricia se sentaba a escribir, sabía que no estaba sola. El hombrecito verde seguía a su lado, susurrándole palabras antiguas y guiándola hacia mundos inexplorados.

En los días que siguieron, Patricia se sumergió en la escritura de su cuento. Las palabras fluían como un río desbordante, y el hombrecito verde seguía a su lado, susurrándole fragmentos de historias olvidadas. Cada noche, el colibrí mensajero regresaba al alféizar de la ventana, trayendo consigo más secretos ancestrales.

Una tarde, mientras Patricia escribía sobre un amor prohibido en la antigua Persia, el hombrecito se detuvo. Sus ojos brillaron con una mezcla de tristeza y determinación. “Hay algo que debes saber, escritora”, dijo en voz baja. “No soy solo un mensajero. Soy un prisionero”.

Patricia frunció el ceño. “¿Un prisionero? ¿De quién?”

El hombrecito miró hacia el cielo. “De las sombras. De aquellos que gobiernan los hilos del destino. Hace siglos, me condenaron a llevar sus mensajes, a entregar historias que no deberían ser contadas. Pero tú… tú eres diferente. Puedes liberarme”.

La escritora no sabía qué pensar. ¿Cómo podría liberar a un ser mágico atrapado en su propio cuento? Pero el hombrecito insistió. “Escribe una historia que revele la verdad. Una que desafíe a los oscuros manipuladores. Solo así podré ser libre”.

Patricia aceptó el desafío. Se sumergió en su escritura como nunca antes. Las palabras tomaron forma, y la historia cobró vida. Era una narración de rebelión, de héroes olvidados y de un mundo donde la imaginación tenía el poder de romper cadenas.

Cuando terminó, el hombrecito sonrió. “Gracias, Patricia. Ahora soy libre”. Y desapareció en un destello de luz verde.

Pero la sorpresa llegó cuando Patricia leyó su propio cuento. Las palabras habían cambiado. El hombrecito no solo era un mensajero; era un guerrero que luchaba contra las sombras. Y ella, la tejedora de palabras, se había convertido en su aliada.

Desde entonces, Patricia escribió historias que desafiaban las reglas establecidas. Sus cuentos resonaban en los corazones de quienes los leían, despertando la chispa de la rebelión. Y en cada uno de ellos, el hombrecito verde aparecía, recordándole que la imaginación era más poderosa que cualquier prisión.

Así, “El Mensajero de las Historias Olvidadas” se convirtió en una leyenda. Y Patricia, la escritora, encontró su propósito: liberar a todos los prisioneros de las sombras… un cuento a la vez.

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