Por Aimée Padilla
Aline era una niña muy despierta para sus 3 años. Su madre solía decir con mucho orgullo que su hija había aprendido a hablar antes de cumplir un año. Pero como Aline no tenía hermanos, a veces se sentía sola y se aburría mucho.
Un día, mientras Aline jugaba en el jardín de su casa, un lugar repleto de árboles susurrantes y flores que perfumaban el aire con su dulce fragancia, se aparecieron dos pequeños niños como ella. Sonrientes, le dijeron que se habían enterado de que se sentía sola y deseaban jugar con ella.
Sus nombres eran Guano y Buyo. Aline lo tomó con naturalidad, porque a esa edad no se le da importancia a ese tipo de detalles. Aunque nadie más podía verlos, para Aline eran tan reales como el sol que brillaba cada mañana.
La madre de Aline siempre sonreía al ver a su hija charlar con sus amigos imaginarios. Al principio, tan solo la observaba, pero como fue siendo cada vez más frecuente verla hablar sola, se atrevió a preguntar:
- “¿Con quién hablas, Aline?”
- “Con Guano y Buyo, mamá. ¿No los ves? Aquí están, sonriéndote.”
La madre de la niña tan solo sonrió y la dejó jugar. Cuando la señora se fue, Guano y Buyo le explicaron a Aline que su mamá no podía verlos porque había crecido. Le aseguraron que ellos eran tan reales como ella misma y que habían venido para hacerle compañía.
Una tarde, mientras Aline jugaba en su habitación, su mamá la llamó para cenar. Aline se despidió de Guano y Buyo, quienes estaban escondidos detrás de una cortina, prometiéndoles volver pronto. Pero después de cenar, no pudo encontrarlos. Se sintió triste y sola hasta que recordó sus palabras: “Hemos venido para jugar contigo y que no estés sola”. Con esa idea en mente, Aline cerró los ojos y se concentró en los momentos felices que había compartido con ellos.
De repente, una risa juguetona llenó la habitación. Aline abrió los ojos y vio a Guano y Buyo parados frente a ella, con una gran sonrisa en sus rostros. “¡Estamos aquí, Aline!”, exclamaron.
Con el tiempo, Aline creció y las visitas de Guano y Buyo se hicieron menos frecuentes. Pero ella nunca olvidó la lección que sus amigos le enseñaron: nunca debemos dejar de nutrir a nuestro niño interior. Porque la imaginación, una vez que se va, puede ser difícil de recuperar.
Y así, incluso siendo adulta, Aline encontraba momentos para cerrar los ojos y recordar las aventuras con Guano y Buyo, sonriendo al saber que, en algún lugar dentro de ella, la magia de la infancia seguía viva.

