Por Aimée Padilla
La vasta extensión de la playa desierta se desplegaba ante ella, un lienzo dorado que contrastaba con las aguas anaranjadas del océano. Hidra caminaba lentamente, sintiendo el crujir de la arena bajo sus pies. El sol, en lo alto del cielo, bañaba el paisaje con una luz intensa que hacía brillar la arena como oro líquido. La brisa que soplaba del mar era cálida y densa, llevando consigo el eco de un mundo que ya no existía.
Cada paso que daba dejaba una huella en el suelo, una marca efímera en una tierra olvidada. Hidra miraba a su alrededor; sus ojos grandes y brillantes escaneaban cada rincón con una mezcla de fascinación y tristeza. El cielo turbio y nebuloso, como una antítesis de la vida que alguna vez habitó bajo su velo, mientras que el silencio solo era interrumpido por el suave susurro de las olas.
A medida que avanzaba, algo captó su atención. En medio del dorado inmaculado de la arena, un pequeño objeto azul sobresalía, incongruente y solitario. Hidra se agachó y recogió la piedrecita, observándola con curiosidad. La sostuvo en su mano, dándole vueltas y estudiando su textura lisa y brillante. No era una piedra natural; era de un material sintético, plástico, un vestigio del pasado.
Hidra no era de este mundo. Su piel, de un tono iridiscente que reflejaba los colores del entorno, era suave y firme. Sus dedos, delgados y largos, maniobraban con precisión mientras examinaba la piedrecita. Este pequeño objeto, tan insignificante y a la vez tan revelador, le hablaba de una civilización que había prosperado y luego desaparecido. Sus pensamientos se llenaron de imágenes de lo que una vez fue este planeta: ciudades vibrantes, risas humanas, progreso y, finalmente, autodestrucción.
Miles de años atrás, una explosión solar había barrido con la vida en la Tierra, dejando atrás un mundo desolado y transformado. Hidra podía sentir la energía residual de esa catástrofe en el aire, un recordatorio perpetuo del poder y la fragilidad del universo. La pequeña piedrecita azul en su mano era un testimonio silencioso de la existencia humana, de sus logros y de sus fallos.
Mientras continuaba su paseo por la playa, Hidra reflexionaba sobre la lección que este planeta ofrecía. La humanidad había alcanzado grandes alturas, pero también había descuidado la fragilidad de su hogar. La piedrecita de plástico era el último eco de una especie que no había aprendido a vivir en armonía con su entorno.
La playa desolada y el océano anaranjado eran ahora un monumento a la impermanencia, un recordatorio de que todo lo que se construye puede desvanecerse si no se cuida. Hidra, con su conocimiento y perspectiva de otros mundos, entendía la importancia de esta lección. Al dejar la piedrecita de nuevo en la arena, se prometió llevar esta historia a su propio mundo, para que no repitieran los errores de los humanos.
El sol comenzaba a descender en el horizonte, bañando la playa en tonos cálidos y suaves. Hidra se alejó lentamente, sus pasos fueron dejando atrás una serie de huellas que pronto serían borradas por el viento y las olas. La playa de la Tierra quedaba en silencio una vez más, guardando sus secretos y sus lecciones para aquellos que se aventuraran a escuchar.

