Por Aimée Padilla
Mi mamá, una experta tejedora, siempre quiso transmitirme su arte desde mi infancia. Sin embargo, en aquel entonces, no le di la importancia que merecía. Hace ocho años, sufrí una fractura en la muñeca izquierda y, durante la terapia física, me recomendaron hacer manualidades para ayudar a mi cerebro a recuperar la motricidad fina.
Comencé con tejidos sencillos, como separadores de libros o bufandas. Pero a medida que tejía, algo cambió dentro de mí. Empecé a enamorarme de ese arte que mi mamá intentaba transmitirme. Finalmente, comprendí el hermoso legado que ella me estaba dejando, un legado que, debido a mi corta edad, no había apreciado antes.
Con el paso de los años, aunque ya he recuperado por completo la función de mi mano, ese amor por el crochet sigue ardiendo en mi interior. Ahora me aventuro a tejer proyectos más complicados, como bolsas o blusas. Cada puntada es una conexión con mi madre y una celebración de la habilidad que ella me enseñó.

Cuando me siento deprimida o simplemente necesito desconectar, cierro los ojos e imagino la prenda que deseo crear. Entrar en la mercería se convierte en un subidón de alegría: elegir los colores, sentir las texturas de los hilos y, por supuesto, comprar una aguja nueva solo porque me parece bonita (aunque ya tengo agujas de todas las medidas).

Tejer se ha convertido en mi escape, al igual que la lectura. En un mundo donde el ritmo es frenético, estas artes manuales nos conectan con un tiempo más pausado. Nuestras abuelas también tejían en las tardes, y aunque esa tradición se ha perdido en gran medida, su legado de felicidad sigue vivo. Hoy, yo lo continúo con cada puntada e hilo entrelazado.


