Recordando a Popi

Por Aimée Padilla

Hace mes y medio, mi fiel compañero peludo cruzó el arcoíris. Aún cuando llego a casa, puedo escuchar sus ladridos alegres que, impacientes, parecieran decirme “¡Por fin llegaste, tengo tanto que contarte!”.

Era un ritual que al cruzar el umbral de la casa, Popi saltara por todos lados. Aunque lo abrazaba y besaba, él seguía dando vueltas de alegría hasta que lograba calmarse.

Cuando adopté a Popi, sabía que viviría poco tiempo debido a una enfermedad cardíaca. Los veterinarios me dijeron que tendría apenas dos años de vida. Afortunadamente, su diagnóstico no se cumplió y estuvo conmigo nueve años maravillosos.

Al principio, fue muy difícil adaptar a Popi a mi rutina diaria. Nunca había recibido amor y, siendo un Fox Terrier, su carácter era duro. Con mucha paciencia, logré que entendiera que ahora era amado y podía dar amor.

De los tres perritos que he tenido, Popi ha sido el más especial. Fue un perro maltratado al que rescaté de una muerte segura. Sabía lo que era padecer hambre, golpes y fracturas, pero también llegó a conocer el amor.

Cuando Popi empezó a enfermar, y tras haber perdido a dos perros, mi cuota de sufrimiento alcanzó el límite. Decidí que, tras su partida, mi compromiso de rescatista perruno concluiría.

En los últimos dos años, la salud de mi buen amigo se deterioró. De ser un perro alegre y dinámico, su espíritu comenzó a apagarse. Su cansancio era evidente, aunque solo él sabía lo que sentía. A veces le decía: “Hijo, ¿qué sientes? Dime…”, aunque sabía que no podía responder.

En octubre del año pasado, Popi perdió la vista. Fue frustrante para ambos adaptarnos a su ceguera. ¿Cómo explicarle lo que había sucedido? Luego, desarrolló glaucoma y la veterinaria recomendó extirparle los ojos. Le pregunté: “¿Me garantiza que sobrevivirá a la operación?”. Su respuesta fue: “No, está muy mal del corazón”. Decidí dejarlo así, que viviera lo que tuviera que vivir. Busqué medicina alternativa y, afortunadamente, el glaucoma cedió, conservando sus ojos.

A principios de mayo, noté que caminaba raro y le costaba dormir. “¿Qué tienes, Popi? Dime, ¿qué te duele?”. El cáncer testicular había hecho metástasis, pero era inoperable. Lo extraño era que seguía comiendo y mostraba ánimos de recibir mimos. Decidí que viviera lo que tuviera que vivir, dándole los medicamentos prescritos por los veterinarios.

Pero a principios de junio, lo vi más decaído que de costumbre. Aunque no había dejado de comer y de recibirme alegremente, algo dentro de mí me decía que Popi estaba muy mal.

El viernes 14 de junio, pasó una noche terrible, azotándose del dolor sin consuelo. Pero la mañana del sábado andaba como si nada. Comió hasta hartarse y se quedó dormido.

Debe entender, querido lector, que no podía tomar una decisión tajante porque Popi seguía comiendo y tenía ganas de vivir, a pesar de sus males.

El lunes 17 de junio, no quiso comer. Le dejé la comida en su plato y me fui a trabajar. Cuando llegué, estaba en el mismo lugar y cubierto de sus necesidades. Al escucharme entrar, hizo acopio de todas sus fuerzas y se levantó a recibirme. Pero cuando lo bañé, se desmayó. Fue entonces que supe que era momento de dejarlo ir. Mi pobre peludito esperó a que llegara para despedirse de mí.

En el consultorio, lo tenía abrazado con una manta. Él roncaba, pero empezó a despedir ese olor inconfundible a almendras rancias, el mismo olor que despedía Kitty cuando murió. “¿Se está muriendo, verdad?”, pregunté. “Sí”, me dijo la médico. “Pero si quiere, podemos internarlo y ver qué pasa”.

Era el momento de despedirme. Estuve a su lado durante todo el proceso, besándolo y diciéndole cuánto lo amaba, asegurándole que ya no sufriría más.

Vivió aproximadamente 15 años, que en edad humana equivale a 102 años, de acuerdo a su raza y peso.

Sus cenizas se encuentran ahora al lado de sus dos hermanos, quienes me cuidan la casa mientras no estoy.

En los primeros días, sentía su presencia. Me parecía que ponía las patitas en la cama para que lo cargara. Otras veces, veía una sombra pasar y le decía: “Ah, allí andas”.

He soñado con él, siempre contento y mostrándome la pancita para que lo acaricie. Quisiera creer que es su espíritu perruno cuidándome como cuando estaba en vida, y no solo juegos de mi mente recordándolo.

Popi siempre estará conmigo. Sus ladridos aún resuenan en mi mente y, mientras escribo estas líneas, siento que está recostado a mis pies, como en sus buenos años.

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