Entre líneas de tiempo

Por Aimée Padilla

Samanta se fue a dormir esa noche cansada y sin ganas de nada. Su vida había sufrido muchos cambios en esos últimos días: la pérdida de su amado perro es lo que más la había afectado. Su compañero no estaba a su lado y le hacía mucha falta. Había días que no tenía ganas ni de levantarse.

Tuvo sueños extraños que la hacían despertar a mitad de la noche sudando profusamente, pero no recordaba lo que había soñado. Solo la perturbadora sensación de que eran desagradables.

La segunda noche, mientras caía en el sueño profundo, pudo ver el rostro de una mujer, la cual jamás había visto. Era una mujer delgada y de rasgos angulosos, la cual miraba fijamente en la distancia. Le llamó la atención lo real de lo que veía, y aunque le causaba extrañeza ver con total claridad a la mujer desconocida, no le dio mayor importancia hasta quedar dormida.

A la mañana siguiente, recordó a la mujer y quiso hacer memoria de dónde la había visto, pero no podía recordar… ¿la mente puede ver personas que no conocemos? Buscó información en la red, pero no le convencía lo que decían: “manifestar inseguridades, representa aspectos de la propia personalidad que no hemos explorado.”

“No me convence” – se dijo – “Aunque es algo raro, nunca me había obsesionado tanto con el rostro de un desconocido.”

La tercera noche, no podía conciliar el sueño, así que puso música tranquila para poder dormir. Cuando sintió que perdía el control de su cuerpo, pudo ver que en la habitación aparecía un hombre sentado en un escritorio.

El hombre la miraba fijamente, así como ella lo miraba a él. El hombre era moreno, como de unos sesenta años, traje claro y tenía una pluma porque estaba escribiendo en unos papeles. El escritorio estaba lleno de folders y, a su espalda, había una ventana donde se reflejaba la claridad del día.

Samanta abrió los ojos y se encontró en su habitación: la imagen del hombre había desaparecido. Quiso volver a dormir, pero los ojos del hombre la perseguían. “¿Quién era ese hombre? ¿Por qué se apareció de la nada? ¿lo soñé? ¿Cómo puedo recordar sus rasgos?”

Ella pensó que le estaba dando demasiada importancia a un simple sueño. Estaba consciente de que tenía muchas emociones encontradas, y que tal vez tenía mucha agitación mental, por lo cual era lógico y normal que viera rostros desconocidos.

La siguiente noche, ya más tranquila y para su sorpresa, cayó en un sueño profundo, en donde pudo ver nuevamente al misterioso hombre de traje blanco.

En esta ocasión, el hombre se paró de su escritorio y fue hacia ella… La miraba con curiosidad, era una escena un tanto extraña, había un velo que los separaba: ella en su cama durmiendo en la noche, y él en su escritorio trabajando de día.

—Disculpe, ¿quién es usted? —aventuró a decir el hombre.

Samanta se incorporó y lo vio con ojos entrecerrados.

—Lo mismo quiero saber, ¿quién es usted y qué hace en mi habitación?

—No, ¿quién es usted y qué hace en mi oficina?

—Qué situación más extraña, yo me acosté a dormir, y en mitad de mi recámara, aparece usted con su escritorio.

Samanta estiró la mano para alcanzar el escritorio, pero una barrera invisible le impedía hacerlo. Al notarlo, el hombre hizo lo propio y tampoco pudo cruzar la barrera para tocar la mano de Samanta.

—Esto es muy extraño —dijo Samanta—. ¿Dónde estamos?

—Creo que estamos en algún tipo de tiempo compartido —respondió el hombre—. Mi nombre es Joaquín y soy historiador.

—Yo soy Samanta —dijo ella, tratando de procesar la situación—. Últimamente he tenido sueños extraños desde que mi perro murió. No me encuentro bien y mi mente me está llenando de imágenes perturbadoras —dijo ésto más para sí misma que para su extraño interlocutor.

Joaquín la miró y dijo: —Tal vez tu subconsciente está buscando una forma de lidiar con tu pérdida.

Samanta asintió, pero algo en el fondo de su mente le decía que había más en esos sueños. —¿Eres real o sigo soñando?

—Yo estoy bien despierto y puedo asegurarte que soy real. Podemos intentar explorar este lugar juntos —sugirió Joaquín—. Quizás haya algo en este sueño, espacio tiempo, dimensión o lo que sea, que nos dé pistas sobre por qué estamos aquí.

Ella se levantó de la cama y mientras caminaban juntos por el espacio onírico, Samanta y Joaquín notaron que el velo entre ellos los llevaba a un espejo antiguo en el centro de la habitación. Cada mitad del espejo se encontraba en el lado del otro, el cual parecía pulsar con una energía extraña.

—¿Qué es eso? —preguntó Samanta, sintiendo una mezcla de curiosidad y temor.

—Sospecho que es un portal —respondió Joaquín—. Tal vez este espejo sea el vínculo entre nuestros mundos.

—¿Qué hacemos? —dijo Samanta—. Si es un portal, supongo que hay que cruzarlo.

—Eso creo, toquémoslo juntos.

Samanta respiró hondo y asintió. Ambos tocaron el espejo al mismo tiempo y, en un destello de luz, fueron transportados a un vasto y hermoso paisaje que la dejó sin aliento.

Un inconfundible ladrido hizo saltar de alegría a Samanta, quien corrió al encuentro de su fallecido can. Lágrimas de felicidad rodaban por sus mejillas. Joaquín observó con una sonrisa, comprendiendo que este viaje había sido más que una simple exploración onírica; había sido una forma de sanar.

Samanta despertó de golpe, con la extraña sensación de que todo había sido real. Sintió una profunda paz, al entender que su perro descansaba feliz y alejado del dolor que lo había consumido en los últimos años. Pero ¿quién era Joaquín?

Después de mucho pensar, llegó a la conclusión de que su mente le estaba diciendo que era hora de sanar el dolor y soltar. Decidió que debía escribir su sueño como un recordatorio de todo lo vivido, y seguir adelante.

Cincuenta años atrás, un hombre llamado Joaquín, recibió la visita inesperada de una mujer llamada Samanta. ¿Fue alucinación?

Sentado en su escritorio, miraba con desconcierto el lugar donde la mujer había desaparecido. —»Me estoy volviendo loco, podría jurar que fue real. No es posible hablar con personas de otra época… ¿O sí?»

Deja un comentario