Por Aimée Padilla
En la vorágine de nuestras rutinas diarias, es fácil perder de vista las maravillas que nos rodean. Nos levantamos, trabajamos, cumplimos con nuestras obligaciones y, al final del día, caemos rendidos sin haber dedicado un momento a la introspección. Pero, ¿qué pasaría si nos detuviéramos un instante para mirar al cielo?
La luna, con su brillo sereno, y el cielo estrellado, con su vastedad infinita, nos invitan a reflexionar sobre nuestra existencia. Estos espectáculos celestiales, que a menudo pasamos por alto, nos recuerdan la belleza y el misterio del universo. ¿Cuándo fue la última vez que te detuviste a contemplar la luna llena o a contar estrellas?
Además, en nuestra prisa, olvidamos agradecer por los cinco sentidos que nos permiten percibir el mundo. La brisa fresca de la noche, el canto de los grillos, el aroma de la tierra después de la lluvia, el sabor de una fruta madura, y la vista de un paisaje al amanecer son regalos que damos por sentado. Cada uno de estos momentos es una oportunidad para conectar con nosotros mismos y con el entorno.
La gratitud es una práctica poderosa que nos ayuda a valorar lo que realmente importa. Agradecer por las pequeñas cosas, como el sonido del viento entre los árboles o el calor del sol en nuestra piel, nos permite vivir de manera más plena y consciente. Nos recuerda que, a pesar de las dificultades, siempre hay algo por lo que estar agradecidos.
Te invito a que hoy, antes de dormir, salgas al balcón o al jardín, y mires al cielo. Deja que la luna y las estrellas te hablen. Escucha el canto de los grillos y siente la brisa en tu rostro. Agradece por estos momentos de paz y conexión. Redescubre la magia de lo cotidiano y permite que la introspección te guíe hacia una vida más consciente y agradecida.

