Sombras del pasado

Por Aimée Padilla

Víctor observaba el vacío una vez más, con esa sensación de nostalgia que lo envolvía cada mañana al pasar por la misma cafetería. No sabía con certeza por qué, pero desde hacía años, su rutina incluía un café en ese lugar, y cada sorbo le recordaba una época de su vida que nunca llegó a ser.

—Señor, su café —dijo la barista con una sonrisa.

—Oh, disculpa.

Hoy decidió tomarse su tiempo. La nostalgia le apretaba el pecho, y se dejó llevar por los recuerdos de Natalia, la joven con la que había vivido un romance en su juventud. No es que no amara a Linda, su esposa, pero el pensamiento de Natalia siempre lo envolvía como una cálida manta, haciéndole imaginar cómo habría sido su vida si no hubiese dejado todo atrás.

Su relación con Natalia terminó de manera abrupta. Víctor había recibido una oferta de trabajo en el extranjero, y con la inmadurez de sus veintitantos años, decidió poner fin al romance. Aún recordaba la expresión en los hermosos ojos almendrados de ella, la tristeza que reflejaban cuando le rogó que se quedaran juntos, que podían casarse. Pero él solo pensaba en su carrera, en lo que creía que era lo correcto en ese momento. La oferta laboral era demasiado tentadora para rechazarla.

Pasaron los años y conoció a Linda. Una mujer serena y que provenía de una buena familia. Pero, por más que lo intentaba, no podía evitar las comparaciones. Natalia era diferente. Intrépida, soñadora, con un espíritu libre que no le temía a nada. Sus pecas, que ella intentaba cubrir con maquillaje, a él le fascinaban. Le decía que eran como constelaciones, pequeñas estrellas que cubrían su rostro, pero ella no lo entendía.

Víctor se lamentó por no haber luchado más por Natalia. Meses después de haberse marchado, volvió a la ciudad para buscarla y pedirle perdón. Pero cuando llegó, descubrió que se había mudado, y nadie sabía decirle a dónde. Fue como si se hubiera desvanecido. A veces, en las calles o en algún café, creía verla, solo para darse cuenta de que eran ilusiones, fragmentos de su arrepentimiento. Con el tiempo, sus heridas sanaron, pero Natalia permaneció como un recuerdo encapsulado.

Ese día, mientras miraba distraídamente hacia la puerta del café, algo llamó su atención. Entró una mujer, su rostro, a pesar de los años, seguía siendo el mismo. Esas pecas… esa mirada dorada… ¡Era Natalia! Víctor estuvo a punto de caer de la silla por la impresión. No podía ser real, después de tanto tiempo.

Sus ojos se encontraron, y ella, con un gesto de sorpresa, caminó hacia él.

—¿Víctor? ¿Eres tú?

—¿Natalia? No lo puedo creer… ¡Qué alegría verte después de tantos años!

Natalia sonrió y se sentó frente a él. Aunque habían pasado dos décadas, seguía siendo la misma mujer con ese encanto natural que tanto lo cautivó en su juventud.

—¿Qué ha sido de ti? ¿Te convertiste en el famoso arquitecto que querías ser? —preguntó ella con una sonrisa.

—No me puedo quejar, me ha ido bien —respondió él, apenado—. Volví a buscarte un tiempo después, pero ya no vivías allí.

—Sí, después de nuestra ruptura decidí que era mejor cambiar de aires. Sufrí mucho, no te lo voy a negar, pero te perdoné. Al final, fue lo mejor para mí —respondió Natalia con tranquilidad, como si aquella vieja herida ya no le doliera.

—¿Te casaste? —preguntó Víctor, tratando de sonar casual.

—Sí —dijo ella, con una sonrisa cálida—. Tengo dos hijas hermosas… Y para mi pesar, heredaron mis pecas.

Víctor rió levemente, aunque su risa estaba teñida de melancolía.

—¿Eres feliz? —preguntó, sabiendo que la respuesta le afectaría.

—Mucho. Mi esposo es un hombre maravilloso, hemos sido muy felices estos quince años. ¿Y tú? ¿Te casaste?

—Sí, también.

—¿Eres feliz? —le devolvió la pregunta con la misma curiosidad.

—No me puedo quejar… —respondió, pero sin el entusiasmo de Natalia.

El silencio que siguió fue pesado. Ambos sabían lo que esa respuesta implicaba, pero no había nada más que decir.

—Todas las personas que pasan por nuestra vida nos enseñan algo —dijo Natalia, rompiendo el silencio—. Y tú me enseñaste a ser más fuerte, a crecer. Gracias por eso.

Se levantó lentamente y, con una sonrisa cálida, lo abrazó fuerte. El corazón de Víctor latía desbocado, y una tristeza profunda se instaló en su pecho mientras la veía salir del café. Tal como veinte años atrás, ahora fue él quien se quedó viendo cómo ella se alejaba. Esta vez, sin posibilidad de volver atrás.

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