Por Aimée Padilla
Aarón, un joven pelirrojo de sonrisa fácil y carácter alegre, cerró los ojos aquella noche sin imaginar lo que le esperaba al despertar. Se arropó con las mantas y, en cuestión de minutos, el sueño lo envolvió. Pero lo que parecía una noche más, se transformó en algo completamente diferente.
Al abrir los ojos, no estaba en su habitación. Despertó en una cama extraña, en una casa que no reconocía, y lo más asombroso: todo era verde. Las paredes, el techo, el suelo. Incluso los muebles tenían un brillo esmeralda que lo fascinaba. Aarón, lejos de asustarse, se sentó en la cama y se rió para sí mismo.
—Esto es increíble —dijo, con una mezcla de asombro y alegría.
Al salir de la habitación, su asombro fue en aumento. Las casas, los caminos, los árboles, todo estaba teñido de ese color vibrante. Incluso las personas que caminaban por las calles tenían una piel verdosa, pero de aspecto saludable y amigable. Nadie parecía notarlo, era como si ese universo verde fuese completamente natural para ellos.
Aarón paseó por el lugar, observando cada detalle con curiosidad. A pesar de no reconocer nada, no se sentía perdido ni asustado. De hecho, su corazón latía con una emoción que no había sentido en mucho tiempo. «¿Dónde estoy?», pensaba, aunque no había una urgencia en responderse. Parecía más divertido seguir explorando.
Caminando por un parque de árboles verdes, con hojas aún más verdes, Aarón se detuvo de golpe. Allí, junto a un lago de un verde cristalino, estaba una joven de cabellos naranja, como el fuego. Como el suyo. Ella se volvió al notar su presencia, y sus ojos brillaron con una mezcla de sorpresa y alivio.
—¿Tú también? —le dijo ella, sin siquiera saludar.
—¿También qué? —preguntó Aarón, acercándose.
—Despertaste aquí, ¿verdad? —contestó, su voz dulce pero cargada de curiosidad.
Aarón asintió, sin saber qué decir exactamente.
—Me llamo Ana —dijo, sonriendo con suavidad—. Me acosté en mi cama y… aparecí aquí. Al principio creí que era un sueño, pero llevo tanto tiempo aquí que ya no estoy segura de nada. Todo es tan real, ¿no crees?
Aarón se sentó junto a ella, ambos mirando el lago esmeralda.
—Sí, es extraño, pero… no quiero saber si es un sueño. Me gusta cómo se siente —dijo él, pensando en la libertad de no tener que preocuparse por lo que dejaba atrás.
Ana asintió lentamente.
—Yo también lo pensé. Al principio quería volver, pero… aquí todo es tan… perfecto. No hay prisa, ni preocupaciones. Solo este verde que te envuelve. Si es un sueño, no quiero despertar.
Aarón la miró y rió suavemente.
—¿Y si nos quedamos? No tenemos que decidir si es real o no.
—¿Quedarnos? —Ana lo miró, y una sonrisa cómplice apareció en sus labios—. Quizás no suena tan mal.
Así, los dos pelirrojos decidieron que ese mundo verde sería su hogar, un lugar donde la realidad y los sueños se mezclaban, pero donde, al final, nada de eso importaba. Era su refugio, un espacio donde podían vivir sin miedo, en un universo verde que los acogía sin hacer preguntas.
Y así, Aarón y Ana se quedaron en ese lugar que no conocían, pero que los llenaba de paz y maravilla. Dejaron atrás el deseo de saber si era real o un sueño. En ese mundo verde, ambos encontraron algo más valioso: una nueva vida donde el miedo no tenía cabida, y donde el verde lo envolvía todo, incluso sus corazones.


Qué bonita historia! Me ha encantado!🔝💯
Me gustaLe gusta a 1 persona
Gracias por leer ❤️
Me gustaLe gusta a 1 persona
☺️
Me gustaLe gusta a 1 persona