Por Aimée Padilla
Creo que la casa ideal es la que tengo ahora. No está decorada por un diseñador ni pretende ser perfecta. En sus rincones hay libreros repletos de libros y carpetitas de croché hechas a mano. Es pequeña, con un garaje adornado de arbustos floreados que invitan a las mascotitas del vecindario a jugar.
Lo que verdaderamente hace especial este lugar es que está lleno de amor y comprensión. Hay calidez, complicidad juguetona y una paz que jamás imaginé que llegaría a tener.
Quizás suene repetitiva, pero no puedo evitarlo: mi pasado forma parte de mí, me moldeó y me ayudó a convertirme en quien soy. En mis años mozos, cuando todos comenzaban a noviar, me fue complicado encontrar pareja. En la religión de los testigos de Jehová, de la cual formaba parte, predominaban las mujeres, y los hombres eran pocos —quizá porque, por naturaleza, no suelen inclinarse tanto hacia la religión como nosotras.
El tiempo pasó y no encontré a la persona adecuada. Aunque tuve algunas parejas —de hecho, una de ellas me lee en algunas ocasiones y le guardo cariño— las cosas no funcionaban. Ellos no pertenecía a la religión, y eso me generaba un gran estrés. Había discusiones constantes, porque yo quería que se unieran a “la verdad”, y cuando no lo hacían, sufría censura o amonestación por relacionarme con un “mundano”, como llaman de forma peyorativa a quienes no comparten esa fe.
Hoy reconozco que no respeté sus creencias; intentaba amoldarlos a lo que yo pensaba correcto, y ese fue un gran detonante para que las relaciones no prosperaran.
Cuando decidí alejarme de ese grupo religioso, comprendí que debía aprender a respetar a las demás personas. Descubrí que podía ser amiga de alguien que pensara distinto, o incluso de quienes no profesaban ninguna fe. Y en ese descubrimiento empecé a saborear la verdadera libertad.
Así conocí a un amigo maravilloso, con quien podía compartir lo que pensaba y sentía, sin miedo a escuchar “Eso es basura” o a que mis creencias sobre la vida en el espacio fueran tomadas como ridículas. Su amistad me enseñó que la libertad existe cuando se rompen las cadenas que antes nos mantenían presos.
También viví una relación tóxica, con alguien que me pedía las contraseñas de mis correos y monitoreaba cada paso que daba. Me dejé arrastrar a esa dinámica asfixiante, pero llegó un momento en que no pude imaginar un futuro en el que me cortaran las alas y me negaran ser yo misma.
No me arrepiento de lo que viví. Cada experiencia, buena o mala, me ayudó a entender lo que realmente quiero para mi vida.
Por eso hoy sé que la casa ideal no depende de la decoración ni del tamaño, sino de lo que se respira dentro de ella. Para mí, es un lugar donde hay respeto y comprensión, donde tu pareja no solo es tu compañero romántico, sino también tu amigo. Ese alguien a quien miras a los ojos y encuentras paz; con quien te duermes a su lado sonriendo, porque sabes que allí, justo en ese espacio, está tu verdadero hogar.

