Por Aimée Padilla
El frío le mordía la piel, aunque no sentía hambre ni sed. Solo ese vacío extraño en el pecho, como si algo le faltara y no supiera qué. La joven abrió los ojos y no reconoció nada: un paisaje níveo, interminable, donde el cielo y la tierra se confundían en un mismo tono blanco.
Había cerrado los párpados en la comodidad de su cama y, al abrirlos estaba allí, rodeada de silencio. Caminó durante lo que parecieron horas, quizás días. El tiempo dejó de tener sentido: no había sol, ni luna, ni estrellas que marcaran un antes o un después.
Cuando ya el cansancio empezaba a quebrarle la voluntad, sus ojos descubrieron algo insólito en la distancia. Un árbol solitario, en medio del desierto blanco. No tenía hojas en sus escuálidas ramas que se extendieran con generosidad: solo un tronco delgado y una única manzana suspendida en el aire. Una manzana dorada que parecía latir con luz propia.

La joven se acercó con cautela. Entonces lo escuchó… de la manzana brotaba una música tenue, una melodía que no podía reconocer, pero que tenía una vibración que sentía desde la planta de los pies hasta la coronilla. Un sonido tan hermoso que le arrancó un nudo de la garganta. Ahogó un grito y llevó las manos a su boca, temiendo quebrar aquella magia con un ruido inoportuno. Sentía una mezcla de miedo y respeto ante la insólita imagen.
De pronto, la manzana se giró hacia ella. Con cada movimiento, destellaba pequeños fogonazos áureos de luz. Sí, no era una ilusión: la manzana dorada la miraba. Y habló con una voz extraordinariamente hermosa, como si la música viniera de su interior.
—Te he esperado por mucho tiempo.
La joven dio un paso atrás, incrédula.
—¿A mí? —preguntó con voz temblorosa.
—Muchos me buscan, pero pocos me encuentran. Has caminado sin rumbo, has enfrentado el silencio y la soledad, y aun así llegaste. Eso significa que estás lista.
—¿Lista para qué? —susurró, con la sensación de que el aire le faltaba.
La manzana brilló aún más fuerte, y las notas que destilaba se volvieron una melodía envolvente.
—Para entender lo que hay entre los mundos; para poder percibir con los ojos del alma. Este lugar no existe en los mapas de los hombres, solo aquí pueden llegar quienes están listos para ver entre dimensiones.
Dicho esto, la manzana se desprendió de la rama y flotó gentilmente hacia la joven, posándose a la altura de sus ojos. La contempló detenidamente, y la manzana le mostró el pasado, sus aciertos y fracasos y como de ellos había adquirido experiencia. Pero también le mostró el futuro, el cual la dejó embelesada y una lágrima recorrió su mejilla.
La manzana tomó la lágrima y la convirtió en un diamante, el cual le entregó a la joven de cabellos oscuros y mirada soñadora.
—Toma este diamante y guárdalo muy bien, te ayudará a encontrar el camino de regreso. Aún tienes cosas pendientes que resolver, pero cuando sea el momento, volverás y te unirás a mí.
Un destello dorado inundó su visión y cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, estaba en su cama. La sábana tibia, la penumbra conocida de su habitación, el mundo cotidiano esperándola. Se incorporó sobresaltada, convencida de que todo había sido un sueño extraño.
Pero al bajar la vista, lo vio sobre su regazo. Un hermoso diamante que era cálido al tacto, y del cual parecía emanar un murmullo que ahora le era conocido.
La joven lo miró perpleja y con un dejo de miedo: había estado en un lugar real que solo se revela a quienes se atreven a cruzar el umbral de lo imposible. ¿o no?


