Me escapé de ella y caí en medio de un desierto nevado
Mis ropas blancas estaban sangrantes y desgarradas
Su poderosa voz asfixiaba mi mente
Cerré los ojos y me llevé las manos a las sienes
Bloqueando sus lamentos que me llaman
Temo oírla nuevamente y que me arrastre a su interior
Ese desierto se encontraba sombrío y helaba el alma
Me incorporé como pude pero caí nuevamente
Lágrimas salieron de mis ojos y al contacto con la nieve
Se convirtieron en preciosos zafiros
Tomé uno, su tacto era cálido y lloraba profusamente
Lo solté con violencia y el paisaje se tornó verde ante mis ojos
Intenté incorporarme por segunda vez pero volví a caer
Todo vestigio de divinidad en mi corazón desapareció
Volví a llorar y mis lágrimas se convirtieron en diamantes
Que caían a raudales a ambos lados de mi ser
Ella me dijo: “si te alejas de mí serás invisible”
Quise gritar pero sus azuladas manos cerraron mi garganta
Entonces cerré los ojos y respiré profundo
En el interior de mi corazón la miré en la distancia
Altiva, voraz y perniciosa
Siempre dispuesta a dañar al mas vulnerable
Y fue allí cuando su contorno se fue difuminando
Transformándose en fina escarcha plateada
Tomé un puño de su recuerdo el cual olía a azufre
Me adentré en el ahora verde valle y lo enterré bajo un árbol
Su tronco comenzó a tornarse azul y sus ramas a blanquearse
El árbol cobró vida y comenzó a reírse de mí
Su risa burlona y sarcástica me resultó insulsa
El árbol quiso acercarse a mí pero no pudo moverse
La sonrisa desapareció de su rostro
Lo miré sin ningún dejo de temor
Por fin se dio cuenta que para mí era invisible
“Estoy cansada” –le dije- “ahora me retiro”
Di la media vuelta y el árbol intentó tocarme
Pero de mi esencia salió fuego que lo transformó en cristal
Una luz cegó mis ojos y mi cuerpo empezó a transformarse
De mi espalda salieron alas y a mis pies descansaba lo que alguna vez fui
Volé a donde pertenezco, dejando atrás al árbol en su cárcel de cristal.
Aimée Padilla

