Flor del desierto

Anoche corté mis venas y mi espíritu explotó en libertad; el líquido que manaba de mi interior era negro y espeso. Me senté al borde del peñasco para contemplar cómo la vida se me escapaba. Cerré los ojos y sentí que mi cuerpo flotaba entre nubes de seda. Mi negro vestido ondeaba al capricho de la brisa del mar, arremolinándose y envolviendo mis sangrantes muñecas. Contemplé un negro y siniestro abismo que me había ahogado con sus tentáculos malignos, pudriendo esa parte inocente de mi ser. El abismo clamaba y me decía “¡No me dejes!  Por favor ¡No me dejes! Moriré sin tu presencia, sin tu amor y tu compañía…”  pero era demasiado tarde, ya no había cabida en mi corazón para tanta soledad y desdicha, por eso tuve que dejar morir esa parte oscura de mí.

            El sueño comenzó a embargarme y cada vez me sentía más lejos y distante, poco a poco abrí los ojos y nuevamente contemplé mis muñecas, pero estas se tornaban transparentes; ya no tenía fuerzas ni siquiera para sorprenderme… Mi vestido antes negro, comenzaba también a tornarse níveo, así como mis manos, mis pies… me di cuenta que estaba desapareciendo.

            Poco a poco ella se acercó y reconocí mi rostro en su angelical esencia. Su vestido era como el cristal largo y glorioso, irradiaba destellos de diamantes y su caminar parecía como el repiquetear de gotas de lluvia sobre las verdes colinas. Su sonrisa  cálida y amigable me hizo recordar mis años felices. Ella me tendió una mano y apenas pude moverme; hice un esfuerzo por incorporarme pero pude darme cuenta que yo había desaparecido.

            Abrí los ojos y pude ver a través de los suyos. De mi interior manaba una fuerza extraordinaria, por mis venas pude sentir un torrente ardiente de vida. Miré mi cuerpo y este era hermoso e inmaculado, mis muñecas intactas no tenían huella alguna del daño que mi parte oscura había hecho en ellas. Reí por lo dichosa que era, no podía comprender como era posible que había olvidado el sonido de mi risa. Había olvidado lo que es ser feliz y poder volar en libertad mas allá de donde provienen las águilas.

            A lo lejos, pude escuchar el sonido de una música que era totalmente nueva para mí, era una especie de canto que jamás había escuchado. Corrí con todas mis fuerzas hasta que llegué a la cima del acantilado. Miré al borde del precipicio y tan solo pude ver las enardecidas olas golpeando contra las desnudas rocas. Seguí aguzando mi oído y la música provenía de mis espaldas, al oeste, aparté los mechones que caían sobre mi rostro y que me impedían ver el  origen de la música. Corrí en esa dirección y fui dejando a mis espaldas el agitado mar que me acompañó en mi apacible muerte. Conforme fui avanzando, se extendía hacia mí un paraje nevado y cristalino… era un desierto de nieve que me enceguecía por su blancura infinita. No había árboles, ni rocas, ni ningún ser viviente, excepto mi persona y el sonido de la música que me hacía internarme cada vez más adentro de ese glaciar desierto.

            La música hacía que se despertara en mi interior una sensación de paz y dicha. Hacía que no quisiera jamás abandonar ese lugar… Aunque yo sabía que tenía que seguir adelante; ahora que la luz había regresado a mi corazón. Avancé y avancé y la música cada vez era mas intensa y mi dicha era ahora infinita, pero no podía localizar la fuente del angelical sonido. El tiempo perdió significado para mí, no se cuanto avancé, no se si caminé por horas, días, semanas ó años, buscando inútilmente el origen de la música; pero yo no cejaba en mi esfuerzo, continuaba avanzando porque yo sabía que la fuente de poder me llamaba. Yo sabía que esa música celestial estaba siendo ejecutada tan solo para mí.

            Un buen día, hora, minuto o segundo (no podría decirlo con certeza) a lo lejos pude observar un débil destello azul en medio de la alucinante blancura. Corrí aún más fuerte y para mi sorpresa, las fuerzas no me habían abandonado, al contrario, conforme me aproximaba a la música ¡me hacía poderosa! ¡invencible!

            Mis ojos se abrieron de par en par y proferí un grito de admiración y reverencia. En medio del desierto nevado, una hermosa y divina flor azul emergía en soledad de las entrañas del mismo. Era una flor sumamente extraña, pues ella era la fuente de la música y parecía que una nube gloriosa la envolvía. Tenía cuatro pétalos azules y el centro era de un azul muy fuerte. Su tallo era de cristal azulado. Alargué mi mano para tocarla, pero justo cuando mis dedos tuvieron contacto con ella, mi mente se llenó de imágenes que me enviaban a un futuro distante… Y entonces lo comprendí: La música era su manera de comunicarse conmigo, en un lenguaje que solo yo podía entender al contacto de sus delicados pétalos.

            Corría el año 3015 y me encontraba en medio de un bosque hermoso. No muy lejos de allí, había una cascada y a lo largo del lago que se formaba, cientos de árboles se alimentaban de sus frescas aguas. Las aguas, eran del color del oro, y las copas de los árboles eran de turquesa. Caminé y una multitud de pequeños animales se arremolinaron en torno a mí dándome la bienvenida, contentos de verme y me dijeron que hacía tiempo que me esperaban. Incrédula les dije que cómo era posible que me esperaran desde hacía tanto tiempo; ellos me contestaron que yo pertenecía a aquel lugar pero un buen día desaparecí cuando la oscuridad me envolvió. En los días en que el soplo de tinieblas envolvió el bosque. Muchos al igual que yo, cambiamos nuestras vestiduras blancas por las negras y olvidamos nuestro origen, pero ellos sabían que yo volvería.

            Salí de mi trance y nuevamente me encontré en medio del desierto con la hermosa y solitaria flor. Creí ver una sonrisa en ella, y en mi mente pude entender que me dijo “¿Estás lista?” a lo cual le respondí “Estoy lista”

            Entonces la flor del desierto comenzó a elevarse por los cielos y yo junto con ella; a nuestros pies pudimos observar el paisaje nevado que dejábamos atrás envueltas en nuestro cristalino e impenetrable útero de comprensión. Yo había encontrado la más hermosa y perfecta de las joyas, una gema azul que me llevaría a las estrellas.

Aimée Padilla

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