La niña que escuchaba las palabras dormidas

Por Aimée Padilla

Había una vez, en un rincón muy apartado del mundo, una niña llamada Aura que había nacido con un don especial: podía escuchar a las palabras antes de que fueran dichas. No necesitaba papel ni tinta, solo cerrar los ojos y sentir cómo las historias brotaban de su pecho, como si su alma estuviera hecha de cuentos, versos y pensamientos suaves. Tan solo oírlas en su mente, era aire fresco que entraba a sus pulmones. Extendía los brazos y miraba al cielo estrellado, esperando a que llegaran a ella para poder abrazarlas cálidamente.

Durante años escribió sin parar. Siempre llevaba a la mano un cuaderno, porque no sabía en qué momento las palabras aparecerían como suave lluvia en primavera. Aura era feliz porque su inspiración era su fiel compañera. Pero un día… el silencio llegó.

No fue ruidoso ni cruel. Solo se instaló como una niebla en su interior. Las palabras dejaron de brotar. Su cuaderno quedó quieto, intacto. Aura pensó que quizá había escrito demasiado, que sus historias se habían acabado, que su don había muerto.

Los días pasaron. Luego las semanas. Luego los meses. Aura dejó de intentar escribir. En su lugar, comenzó a caminar entre los árboles, a observar los pequeños brotes, a escuchar el murmullo del viento entre las ramas. A veces, lloraba en silencio. A veces, solo se quedaba quieta. No comprendía por qué se había apagado… pero sentía que algo seguía latiendo muy dentro.

Una noche, soñó que entraba en una cueva de cristales. Allí, dormidas como pequeños animales acurrucados, estaban sus palabras. Las había guardado su corazón, protegidas del ruido del mundo, esperando el momento de volver. Una de ellas, tímida, se acercó a su oído y le dijo:

No te hemos dejado. Solo necesitabas cuidarte. Y mientras lo hacías… también nos cuidabas a nosotras.

Aura despertó con lágrimas en los ojos. Encendió una vela, buscó su cuaderno y escribió: “Hoy, una palabra ha vuelto.

No escribió una historia entera. Ni un poema largo. Pero fue suficiente.

Desde entonces, Aura entendió que las palabras también necesitan descanso. Y que, como las semillas bajo tierra, florecen cuando es su tiempo.

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