El abismo

Como niña testigo de Jehová, inadaptada en este mundo real tuve que crearme un alter ego que era el que escribía y soñaba, el que podía escaparse de todas las restricciones de la secta. Así que desde que tengo uso de razón hubo cierta dualidad en mí provocada por el culto: todo lo que a mí me  gustaba era malo, mi música, mis libros… todo era malo, así que mi escritura durante ese período oscuro de mi vida era lúgubre pues fue mi medio de escape.

Ahora a casi tres años de haber despertado, puedo ponerme de pie y ver hacia atrás para darme cuenta que al  fin puedo ser YO, sin ocultar lo que escribo, leo o pienso.

El siguiente escrito lo hice en un período de búsqueda interior hace algunos años, cuando muy en el fondo mi corazón gritaba con ahínco por encontrar una lógica a todos los sinsentidos que me vi obligada a aceptar como verdad.

Ahora puedo por fin decir ¡Soy libre! ¡Ningún abismo me consumirá!

El abismo

Anoche me asomé al abismo y su resplandor me cautivó… realmente era fascinante y no podía dejar de contemplarlo embelesada. Sus negros tentáculos oscilaban en un cálido vaivén hipnótico. Quise retirar la mirada de él pero sus destellos de ónix líquido centelleaban sin parar, en una especie de sinfonía demencial.

El abismo me dijo que me alejara de él pues podría hacerme daño, de lo contrario, él tendría que hacerlo para protegerme, pero simplemente no pude… era tan hermoso su resplandor, en tonos grises azulados.

Dí un paso al frente y sentí como me arrastraba hacia sus entrañas, mi cuerpo comenzó a sentir una especie de vértigo e  hizo que cayera sobre mis rodillas. Tenía el estómago revuelto sin embargo nada salió de mi interior, tan solo una pena indescriptible que comenzó a recorrer todas mis venas. Ese calor subió desde mis piernas a mis brazos y se posó en mi cabeza que estaba a punto de explotar. De mi boca salió un aullido que me hizo llevar las manos a la cabeza y mis lágrimas se volcaron en un torrente de cristalinos diamantes.

– ¿Lo ves?  Te dije que era maligno –dijo el abismo sin ninguna emoción  ni sentimiento. Su voz era clara y audible para mí, aunque tal vez nadie pudiese escucharlo ni entenderlo mas que yo.
– ¿Por qué me haces daño? –dije a sabiendas de lo que respondería.
– Por que es mi naturaleza y no puedo cambiar, los abismos somos insondables y profundos, somos extremadamente  bellos, tenemos una belleza oscura y perversa que solo puede ser comprendida por almas similares; y no por ello quiere decir que no las perjudicaremos.
– ¿Por qué entonces quieres protegerme? –pregunté con voz entrecortado por el llanto.

El abismo se quedó callado y me miró con sus negros ojos llenos de sabiduría enfermiza; abrió la boca y la cerró… negó con su cabeza y eliminó el pensamiento que estaba a punto de revelarme, pero yo le sostuve la mirada en forma escrutadora al grado que se incomodó y con un leve suspiro dijo:

– Este paraje que ves no lo es todo, es tan solo la esfera mas oscura del abismo; al otro lado del pináculo mas alto, te encontrarás con un valle blanco como la nieve. Ese paraje nevado lucha conmigo por el dominio del Universo, es una lucha constante por el territorio del pensamiento y muchas veces tengo que ceder a sus peticiones para que haya una coexistencia armónica, de lo contrario sería el caos y explotaríamos en mil pedazos. En ese lugar vive la paz y la armonía, hay felicidad descomunal y desquiciantemente colorida. Si no me alejo de ti, es muy probable que el lado luminoso comience a invadirme hasta el punto de la muerte y eso no puedo permitirlo. No soy bueno contigo, simplemente me protejo a mí mismo.

Alcé la vista al paisaje que me mostraba el abismo y era aterrador pero no podía negar su extrema belleza oscura, una belleza única y genuina, incomprendida por la mayoría de la humanidad, incluído el mismo.

Me incorporé con mucha dificultad, dejándolo a un lado para poder observar por mi misma aquel extraño lugar. Era muy cálido, casi febril y el ambiente se sentía pesado. A lo lejos pude divisar un huerto de manzanos así que me dirigí hacia él. Los árboles se veían grises y marchitos, pero daban un fruto saludablemente rojo… que extraño- pensé- pero debiera ser lo que el dijo: la extraña armonía entre ambos valles: el oscuro y el de luz.  Alcé mi mano y cogí una suculenta  manzana y pude notar que era comestible, aspiré su delicioso aroma y vi que estaba en perfectas condiciones.  Decidí guardarla para otro momento.

Seguí caminando y pasé por un rio de aguas cristalinas, pero el fondo del mismo estaba tapizado de piedrecillas negras, lo cual le daban al rio el aspecto de que era negro. Me incliné sobre la orilla y metí mi mano para tomar una piedra, el agua también era tibia al igual que la roca, esta era redonda y lisa, como cualquier piedra de río, pero al contacto con el sol, la piedra relucía como una perla negra. Esbocé una sonrisa ante la belleza de ese enigmático Universo, inalcanzable para muchos de nosotros, que jamás comprenderíamos en forma cabal lo que era formar parte de él, pero que nos sentíamos agradecidos por haberlo descubierto.

Aimée Padilla

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