Un domingo cualquiera

El pasado domingo estaban transmitiendo por televisión una película que a mi papá le gustaba mucho, así que lo visualicé en mi memoria  parado frente al  televisor  arreglándose para ir a la reunión. Mi mamá y yo siempre le ganábamos pues él se entretenía mirando la película, y así era su costumbre todos los domingos: llegaba tarde siempre por ese motivo.

Recuerdo que le reñíamos porque ¿cómo era posible que se tardara tanto viendo el programa que no era tan importante como asistir a la reunión?

Regresé al presente y sonreí con nostalgia rememorando mi vida anterior, siempre a las prisas sin tener tiempo para mí.

Cuando recién me salí de los testigos de Jehová un hermano me preguntó: ¿Qué haces ahora con tanto tiempo libre? Recuerdo que me quedé perpleja sin saber que responderle porque yo misma veía un inmenso vacío en mi vida envuelta en actividades relacionadas con los testigos de Jehová. Llevaba una rutina que se centraba en reuniones, estudio personal, predicación, revisitas, estudios bíblicos, lectura de la biblia y ahora todo eso había quedado atrás.

Debo admitir que sentí mucho temor los primeros meses de inactividad relacionada con mi anterior religión, porque esos vacíos que habían quedado debía de llenarlos con espacios creados por mis propios gustos, aficiones, intereses y necesidades.

Para mí los domingos fueron los más difíciles de sobrellevar, puesto que por fin podía pararme tarde y hacerme un café mientras veía las noticias, pero el sentimiento de culpa no me dejaba en paz. Pensaba: yo aquí en la casa y los hermanos ya deben de estar en el Salón del Reino. Y aunque suene absurdo, a pesar de que estaba convencida que  no deseaba volver a esa vida, en mi interior me sentía mal porque pensaba que realmente estaba desperdiciando mi domingo.

Veía a mis vecinos haciendo sus actividades cotidianas como ir de compras, hacer reuniones familiares siempre felices y sin un sentimiento de malestar, así que decidí empezar a trabajar en mí para arrancar de raíz la molesta costumbre de creer que la felicidad se encuentra en otra parte menos en mí misma.

Lo primero que hice fue sacar de mi guardarropa todo aquello que me recordaba esa vida que me hacía sentir mal y me hice de nuevas cosas que refrescaran mi entorno. Salí con amigas a las que antes les negaba un café o a una ida al cine. ¿y saben qué? Comencé a sentirme muy bien.

Ahora puedo sentarme y mirar un atardecer acompañada de una taza de café y un buen libro, puedo escuchar música o ver películas que antes consideraba no apropiadas, también pude hacer amistad con personas a las que no les di la oportunidad por el simple hecho de no ser del mismo sistema de creencias.

Es un deleite poder saborear por fin esa libertad de elección que me corresponde como ser humano.  Obviamente este es un proceso que lleva algún tiempo y no se da de la noche a la mañana. A mí me tomó casi 4 años poder sentirme cómoda con un domingo cualquiera. Así que hay vida después de los testigos de Jehová, eso se los aseguro, solo hace falta el deseo y la voluntad de ser libres.

Aimée Padilla.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: